
Lo decía Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito: “Amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección”. Alcanzar esa mirada compartida requiere tiempo y un descubrimiento pausado del otro. Hay historias de amor que florecen casi sin esfuerzo; otras, en cambio, no acaban de encajar o se marchitan tras la primera etapa de atracción. ¿De qué depende esa diferencia? Enamorarse puede parecer sencillo —Helen Fisher, antropóloga y una de las mayores expertas en el amor, diría que se trata de un flechazo químico—. Pero lograr que una relación perdure es mucho más complejo. Es el resultado de un proceso emocional, biológico y, sobre todo, cotidiano, en el que, según la ciencia, intervienen cinco grandes factores:
La química del amor
— Helen Fisher en su libro Why Him? Why Her? (Henry Holt, 2009) sostiene que nos enamoramos a partir del deseo sexual (testosterona y estrógenos), amor romántico (dopamina) y apego sereno (oxitocina y vasopresina). En función del neurotransmisor dominante, propone cuatro tipos de personalidad (los opuestos se atraen):
— Exploradores (dopamina): curiosos y amantes de la novedad y el riesgo.
— Constructores (serotonina): organizados, estables y leales.
— Directores (testosterona): analíticos y decididos.
— Negociadores (estrógenos y oxitocina): empáticos, intuitivos, buscadores de conexión profunda.




