
La preocupación por las redes sociales se ha centrado en su impacto sobre la atención, la salud mental o la polarización. Apenas se ha hablado de cómo reducen la cantidad de vida que sentimos haber vivido. La psicología cognitiva nos muestra que la percepción del paso del tiempo depende en gran parte de la memoria. No recordamos el pasado de forma lineal; recordamos eventos, transiciones y experiencias, creando con ellos una estructura narrativa. Sin esta narrativa, los días se vuelven intercambiables, las semanas y los meses se diluyen y los años parecen haber pasado volando. En las redes, la sucesión de información es constante e inconexa; no hay historia, no hay capítulos, no hay cierres. El usuario queda atrapado en una secuencia sin bordes, lo que imposibilita crear la narrativa y tomar conciencia del transcurrir del tiempo. Tras horas navegando por un feed, el usuario rara vez puede reconstruir qué vio o incluso qué sintió. Son horas que se evaporan, tiempo que se consume pero que no ha existido, vida que no es vivida, que se nos ha esfumado entre los pliegues y recovecos de nuestro cerebro.
Source: Mi vida sin mí




